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La Alternativa

04, marzo | Sin comentarios

Si algo me apasiona de mi idioma, el español, es la riqueza y polisemia de las palabras.

Aunque en la mayoría de los casos las polisemias son fuente de malos entendidos e incomunicación, cosa extremo peligrosa sobre todo en el tiempo actual donde tendemos a ahorrar palabras, explicaciones, y de todo. En ocasiones suponen retos intelectuales y dialécticos y eso pasa con la que titula este artículo.

Lo cierto es que  es curiosamente en este tiempo de tanta apertura y tecnología a nuestro servicio, es cuando más falta hace el rigor intelectual y la buena comunicación subsiguiente. 

Es posible que nunca antes el ser humano estuviese más solo y aislado, más confundido y despistado a la hora de orientar su futuro.

A mí, que soy una optimista irredenta, la palabra “alternativa” me  enamora porque  es una forma simplificada de expresar que “siempre hay solución” hasta cuando nos dicen que no existe solución y solo nos queda la resignación.  Esta palabra, “resignación”, hace algún tiempo que la borre de mi diccionario como antónima que es de “alternativa”.

Hace unos días, tumbada en la camilla de mi osteópata, tras una visita a urgencias tras una espectacular caída, pensaba en que “siempre hay una alternativa”. Y algo que voy a ejemplificar con la medicina, es aplicable a todo lo demás. Hasta con la economía como bien lo representa Christian Felber.

Yo sufro desde hace demasiado tiempo, dolores de esos que sufre más de media humanidad, de esa que piensa que vive en el estado de bienestar y lo que está, es acomodada en el malestar crónico. Ello repercute directamente en la mala salud de la población, incluida la obesidad o sobrepeso que nos invade y que en una gran parte de casos es consecuencia de la soledad o de la ansiedad. Pero eso es otra cuestión.

Tras mi espectacular caída de espaldas, seguí con mí día a día, eso sí con remedios tipo calor o frio, Harpagofito, salicilatos de uso tópico y poco más.  Alivios momentáneos y tapadores de síntomas que poco hacen sobre la causa del dolor.

Bien pues tumbada en la camilla recibí una serie de terapias alternativas que se me fueron explicando: Imanes, aceites esenciales, manipulaciones, masajes, digito presión,  frio, calor, luz, etc. Y lo cierto es que tras su aplicación empecé a ser otra persona.

Muchos médicos occidentales esbozaran una sonrisa al leer esto, como cuando le dije al médico que me confirmó que no tenía nada roto que tomaba Harpagofito para el dolor y esbozó una sonrisa al tiempo que dijo ¿eso es homeopatía? Yo respondí, no es Fitoterapia.

Pensé en que la sociedad occidental ha cometido el peor de los pecados, la soberbia y prepotencia, que hacen que nos cerremos  a otras opciones de solución. Y que esto sucede hasta en esos que se autoproclaman alternativos y que lo que son, es desconocedores de lo que hablan y proclaman públicamente. Pero de todos es sabido lo atrevida que es la ignorancia.

Cuando la respuesta es no se puede hacer nada, solo resignarse. Mi propuesta es buscar ALTERNATIVAS, siempre existen caminos laterales y pensamientos creativos como bien sabe Edward de Bono. Y pueden y deben responder al rigor intelectual y científico.

Quizá la crisis tenga entre sus muchos efectos positivos que estemos cada vez más abiertos a nuevas formas de hacer las cosas. Nuevas formas que no necesariamente tienen que rechazar las anteriores, quizá solo complementarlas.

Pensaba que las medicinas alternativas son opciones de gran interés sobre todo para personas que sufren dolencias a las que la medicina occidental no da respuesta. Como lo son los modelos económicos alternativos. Opciones que lejos de excluir las existentes integran otras nuevas mejorando por sinergia sus resultados finales.

Alternativa es una palabra bella pues significa otra mirada, otro camino.  Es como decir hay esperanza, hay solución. No la que creemos o la que conocemos. Pero seguro que existe una alternativa o existirá. Porque si no existe la crearemos. Porque la innovación y el progreso a veces nace buscando alternativas.

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